La llegada de la Imprenta a México

LA INTRODUCCION DE LA IMPRENTA EN MEXICO Y LOS PRECURSORES DEL PERIODISMO 


 Aunque México fue conquistado por el español Cortés en 1521, no fue sino hasta 1722 cuando el país contó con un periódico que se publicaba en lugar fijo y con intervalos regulares. En un país en que, como dice un historiador, "los días corrían serenos como las cristalinas aguas de un tranquilo arroyo bajo un cielo sin nubes y sobre un lecho sin sinuosidades; donde la exuberante naturaleza se complace en proveer pródigamente al hombre con sus ricos frutos; donde el benigno clima dulcifica el carácter de las personas; donde, en fin, las discordias civiles no habían establecido sus reales unas enfrente de otras", no tenían objeto ni podía despertar interés la prensa periódica que vive de escenas y sucesos excitantes, de la agitación de pasiones y de luchas. Por esta razón no existieron, durante dicha época, en la Nueva España (que así se llamó México hasta 1821) periódicos de naturaleza política. Un periódico de noticias hubiera muerto, porque no tenía ninguna que comunicar. Todo el mundo sabía lo que acontecía de un extremo de la nación al otro; es decir, que nada anormal acontecía. La juventud, en lugar de dedicarse a leer periódicos, se ocupaba en estudiar a los buenos autores. 



La primera imprenta en México



La historia del libro es un campo amplísimo y cada día más fascinante gracias a la aportación de nuevos datos por parte de los investigadores; más, si cabe, cuando están elaborados y se combinan con nuevas metodologías de análisis. En cuanto al estudio del libro antiguo, sigue resultando útil la frase ya clásica de Robert Darnton del ‘circuito de comunicación’ que abarca la producción y el consumo de la información. Este circuito tiene numerosas facetas, por ejemplo, el autor, el manuscrito que éste escribe, el editor que hace imprimir ese manuscrito (o una nueva edición de un libro que ya anda impreso), la multiplicación mecánica de ejemplares en la imprenta, la censura a la que a veces tiene que someterse tanto el manuscrito como el libro impreso, la distribución de los ejemplares a los libreros, su venta al lector, la lectura e interpretación de lo escrito y la conservación de ejemplares del libro en bibliotecas institucionales o colecciones privadas. Como anota Darnton, este proceso dista mucho de ser una simple cadena lineal. Por ejemplo, aunque el autor escribe lo que al final consumen los lectores, éstos también influyen al autor, que en muchos casos escribe para satisfacer una demanda que ya existe entre ellos. El editor que decide lo que se va a publicar y distribuir a los libreros está a su vez influido por éstos, ya que sólo suele financiar títulos que los libreros estarán dispuestos a comprar para luego distribuirlos. Así, más que una simple cadena, se trata de una malla de intereses e influencias mutuas que tenemos que estudiar desde toda una serie de enfoques complementarios e interdisciplinarios Mi campo de investigación en esta malla es la producción del libro; es decir, una de las fases más básicas del llamado ‘circuito de comunicación. Esta comunicación se enfoca en los impresores del siglo XVI por la sencilla razón de que éste es el aspecto que mejor conozco. Llevo muchos años investigando dos temas al respecto. El primero es la historia de la dinastía Cromberger, una familia de impresores de origen alemán que dominó la producción del libro impreso en la Sevilla de la primera mitad de aquel siglo, y que luego estableció en México su famosa sucursal. Investigar sobre los Cromberger me ha llevado a localizar y estudiar detenidamente tanto los ejemplares que se han conservado de sus libros, como a buscar e interpretar un nutrido elenco de documentos contemporáneos que registran sus actividades. De este modo pude compaginar el estudio material del libro con las fuentes conservadas en los archivos sevillanos y mexicanos. El segundo tema que me ha preocupado es la historia de los humildes operarios de imprenta que trabajaron en los talleres tipográficos ibéricos durante aquel siglo, estudio que también ha necesitado la combinación del estudio de los libros del siglo XVI y de los documentos de la época. En este caso, sobre todo, con los papeles de la Inquisición española y portuguesa, aunque también he empleado documentación conservada en varios de los archivos de protocolos españoles. En este artículo relaciono estos dos intereses con la historia de los primeros impresores en México.


Juan Pablos, primer impresor en México y en América



Juan Pablos recibió de Juan Cromberger 120,000 maravedís destinados tanto a la compra de la prensa, tinta, papel y otros aparejos, como a los gastos del viaje que emprendería con su mujer y dos acompañantes más. El costo total de la empresa fue de 195,000 maravedís o sea de 520 ducados. Juan Pablos, de origen italiano cuyo nombre, Giovanni Paoli, conocemos ya castellanizado, llegó a la Ciudad de México junto con su esposa Gerónima Gutiérrez, entre septiembre y octubre de 1539. Venían también con él Gil Barbero, prensista de oficio, así como un esclavo negro.

Con el apoyo de sus patrocinadores, Juan Pablos estableció el taller “Casa de Juan Cromberger” en la Casa de las Campanas, propia del obispo Zumárraga, ubicada en la esquina suroeste de las calles de Moneda y cerrada de Santa Teresa la Antigua, hoy licenciado Verdad, frente al costado del ex arzobispado. El taller abrió sus puertas hacia abril de 1540, siendo regidora de la casa sin llevar salario, sólo su mantenimiento, Gerónima Gutiérrez.  


ANTONIO DE MENDOZA



Antonio de Mendoza y Pacheco nació alrededor de 1490 en Mondéjar (España), en el seno de una familia con holgados recursos, pues fue hijo de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, segundo conde de Tendilla. Esto hizo que tuviera una de las mejores educaciones de la época y fuera cercano a la familia real española.

Su reconocida lealtad a la Corona lo llevó a tener varias encomiendas y a ser representante del rey Carlos I en Alemania y Hungría. Más tarde, ante las problemáticas de tener un gobierno estable en las nuevas posesiones en América, fue nombrado primer virrey de la Nueva España el 17 de abril de 1535. En este territorio tuvo que lidiar con las fuertes personalidades de los conquistadores, con Hernán Cortés a la cabeza, y con los peninsulares que conformaron la Primera Audiencia. Reconocido por su prudencia en el trato personal y su habilidad administrativa, Mendoza logró estabilizar el gobierno novohispano. Sus quince años al frente del virreinato fueron sumamente productivos. Se preocupó por la enseñanza, así que fundó la Real Universidad de México y otros colegios. Trajo la primera imprenta, realizó el primer censo en el continente y reglamentó la recaudación de tributos y la imposición de penas. También defendió a los nuevos vasallos de Su Majestad contra los brutales tratos de los encomenderos, con apoyo de Bartolomé de las Casas y fray Juan de Zumárraga. Asimismo, procuró la expansión de la agricultura, ordenó la creación de caminos y puentes y promovió diferentes expediciones para la expansión del imperio español. Cuando tuvo que ser estricto, lo fue sin miramientos, como lo demostró al desarticular la sublevación de esclavos negros en 1537 en Ciudad de México o en la rebelión indígena del Mixtón entre 1541 y 1542, la cual fue exterminada a sangre y fuego. Debido a su labor pacificadora, don Antonio fue nombrado virrey del Perú en 1551, con la intención de reorganizarlo después de numerosos conflictos internos. Sin embargo, la fatiga ya se hacía ver en Mendoza. Las presiones y los años alejado de la metrópoli le exigían un retiro a la tranquilidad de la vida privada. Su hermano Luis, heredero del título de conde de Tendilla y presidente del Consejo de Indias, lo sabía de sobra. No obstante, por honor le exigió que, si él no pudiese ir, sus huesos fueran al Perú. Y así fue. Antonio de Mendoza llegó a Lima en septiembre de 1551 y murió en julio de 1552, por lo que consumió sus últimos meses de vida en obrar en Perú la eficaz administración que lo destacó en la Nueva España.



FRAY JUAN DE ZUMARRAGA
 


Fray Juan de Zumárraga fue quién solicitó con el apoyo de Antonio de Mendoza-, a los reyes de España, que se trajera a estas tierras una imprenta. El 12 de junio de 1539, se firmó el documento mediante el cual se protocolizó la llegada de la moderna herramienta para imprimir el evangelio, con el cual se conquistaría espiritualmente a la Nueva España.

El alemán Juan Cromberger cedió los poderes de su instrumento mecánico al italiano Juan Pablos para que éste trasladara e instalara en el nuevo mundo esta maravilla. La llegada de la imprenta a México en el mes de septiembre de 1539 fue una de las fechas más alegres para los frailes evangelizadores y autoridades en general. Esta herramienta no solo fue la primera en Nueva España, fue la primera en América Latina.

No se sabe con certeza cuál fue el primer libro impreso en la Nueva España; sin embargo, en la Biblioteca Nacional de España se conservan tres páginas del Manual de Adultos, impreso en 1540 en el taller de Juan Pablos; otros afirman que el primer libro impreso en México fue la “Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana que contiene las cosas más necesarias del sancta fe católica” impreso bajo la firma de Cromberger. Durante la primera etapa de la imprenta en México, lo que se imprimió fueron libros de orden religioso. En 1548, Juan Pablos enfrentó serios problemas económicos, entonces se dio a la tarea de imprimir Ordenanzas y compilación de leyes, el primer libro que no era religioso en la Nueva España.



MEXICAS Y LA PRODUCCIÓN DE LIBROS 


Esta historia comienza cuando el emperador Moctezuma decide mandar una comitiva a Aztlán la tierra ancestral abandonada por los mexicas a fin de buscar a la diosa Coatlicue, y para ello elige a 60 magos con el poder de transformarse en aves. Veinte perecieron en el camino de vuelta, pero los que regresaron trajeron consigo relatos de una tierra inmune al paso del tiempo en la que sus habitantes aprendieron a rejuvenecer para no morir y donde la diosa madre les encargó que, en cuanto pusieran un pie en Tenochtitlan, le transmitieran un mensaje a su hijo Huitzilopochtli: “Regresa a casa”.

Con esta leyenda, recogida y glosada por el fraile Diego Duránen algún momento del siglo XVI, arranca Historias mexicas, un libro académicamente riguroso que bien puede leerse como novela, señala su autor, Federico Navarrete, firme creyente de que la historia tiene mucho que aprenderle a la literatura, máxima en la que se basó para desarrollar este volumen recién publicado por editorial Turner.

De hecho, desde sus primeros párrafos el integrante del Instituto de Investigaciones Históricas deja muy en claro, en una suerte de carta de intenciones, que esto es “diferente a una novela histórica, pues no teje ficciones, y algo distinto a los trabajos tradicionales, ya que no pretende develar una verdad, sino varias, o más bien imaginar una nueva manera de construir verdades históricas a través de un diálogo entre mundos diferentes y por medio de la imaginación”.

Así, con el correr de los capítulos, es posible ver a las deidades crear el universo, a los mexicas salir con rumbo incierto del lugar de las siete cuevas, y observar un sinfín de aspectos de lo que significaba ser azteca en el Valle de México; lo que no aparece por ningún lado son las notas a pie de página (en realidad hay una, pero sólo se usa para explicar por qué es mejor no poner notas a pie de página, aunque todas las referencias tienen su apartado al final). “No olvidemos que estamos ante un texto académico pensado para ser leído por especialistas y participar en los debates actuales, pero que en el fondo busca atraer a otro tipo de lector, a uno capaz de adentrarse en la obra como si se tratara de una novela de aventuras”.



PRIMEROS OBSTACULOS DE LA IMPRENTA 


La historia de la imprenta y de impresores en la Nueva Granada no es un asunto que haya transcurrido sin obstáculos. El desarrollo de la imprenta enfrentó numerosos obstáculos [políticos, pero también geográficos y hasta sociales] para su establecimiento en la Nueva Granada, pero, además, su desarrollo se produjo en medio de unas condiciones bastante precarias. La ausencia de recursos, tanto por parte de las autoridades coloniales, y luego republicanas, como por los individuos que incursionaron en estas aventuras económicas, impidieron el acceso a tecnologías tipográficas avanzadas. Este hecho repercutió en los formatos mismos de los impresos, en los que era prácticamente imposible incorporar imágenes y grabados. De otra parte, los altos costos del papel, pues este no se producía en el virreinato, hizo que muchos de los intentos de fundar periódicos, por ejemplo, fracasarán. A estos factores se unía el problema de los costos propios de la producción, del pago del impresor y sus ayudantes, y de los costos del correo y de la circulación, que elevaban el precio de cada ejemplar impreso. Aparte de esto, de la ausencia de suscriptores que permitieran solventar los costos hicieron de la impresión una aventura en la que muy pocos se involucraban.

Los primeros intentos de sostener una imprenta se registran a mediados del año de 1735, cuando la compañía de Jesús había introducido algunas “cajas de letras” y contaban con un novicio que ejercía el oficio de impresión llamado Francisco De La Peña. Sin embargo, el permiso de impresión fue otorgado hasta el año de 1737 por petición de los Jesuitas para que sirviera a la formación moral y religiosa del reino. 



PRIMERA HOJA VOLANTE 


De manera paulatina se fueron instalando más talleres de impresión con lo que inicia la circulación de hojas volantes. La primera de ellas que se impresa en nuestro país es el Mercurio Volante, editado en 1693 por el intelectual Carlos de Sigüenza y Góngora, con noticias de carácter histórico y científico.

Una de las hojas volantes más antiguas que se conocen y que ha servido como fuente de datos para varios historiadores es la Relación del terremoto de Guatemala, evento que ocurrió en noviembre de 1541, aunque el volante circuló en México hasta 1542.

Durante el virreinato las calles y plazas de la Nueva España fueron utilizadas por los pregoneros para ofrecer las hojas volantes, impresas en las que se narraban sucesos extraordinarios como terremotos, inundaciones y crímenes, además de romances, corridos y plegarias, los cuales se vendían por pocos centavos. La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH) alberga dentro de sus colecciones más de 500 de estos documentos (llamados literatura de cordel) que reflejan la cultura popular de la época.

PRIMER PERIODICO NORTEAMERICANO 

El 25 de septiembre de 1690 veía la luz el primer periódico publicado en Norteamérica. Estaba editado por Benjamin Harris quien se había trasladado hasta Boston desde su Inglaterra natal tras huir de la censura que allí era sometido por sus contenidos antigubernamentales y católicos en otras publicaciones de las que era responsable. Pero el recién creado periódico, bautizado con el nombre de Publick Occurrences Both Forreign and Domestick y que podría traducirse como ‘Ocurrencias públicas tanto nacionales como extranjeras’, tampoco estaba exento de polémica y tan solo tuvo un único número.

La publicación constaba de cuatro páginas, pero tan solo en tres había texto escrito, dejando el editor la última en blanco para que fueran los propios lectores quienes escribiesen en ella de su puño y letra lo que creían que era noticia local y posteriormente ese ejemplar (que pretendían que tuviera una periodicidad de publicación mensual) pasaría a manos de otro lector, quien no solo leería las noticias publicadas por el editor sino también las aportadas por otros lectores antes de llegar a él. Una muy curiosa y original forma de ‘periodismo participativo’ de finales del siglo XVII y que ahora tan de moda está. El motivo de que solo durase ese único número fue a causa de los comentarios críticos que Benjamin Harris hizo sobre la guerra que el rey Guillermo III de Inglaterra mantenía contra Francia con el fin de poner fin a la expansión colonial de los franceses en Norteamérica.

Tres días después de la publicación el periódico fue clausurado y se dictó una orden en la que se prohibía cualquier tipo de publicación no oficial. En Norteamérica se tuvo que esperar hasta 1704 para que se autorizase la aparición de un nuevo periódico: The Boston Newsletter.



LA FUNCIÓN DE LA IMPRENTA EN LA INDEPENDENCIA 


Sin duda el auge de la imprenta en México se daría al estallar la guerra de Independencia. La necesidad que tenían los promotores y simpatizantes del movimiento de independencia, de dar a conocer sus ideas y el avance de su movimiento, los llevaría a publicar los primeros periódicos políticos. Tal es el caso del periódico editado por Miguel Hidalgo, que llevaba el sugestivo nombre de El Despertador Americano y del Correo Americano del Sur editado por José María Morelos.

También en esos años, se publicó en México la que se considera la primera novela de América, titulada El Periquillo Sarniento. Una vez concluida la guerra de emancipación, la nueva nación experimentó una larga etapa de efervescencia política, que se tradujo en el surgimiento de múltiples periódicos que defendían las posturas de los diversos bandos políticos, ya fueron estos monarquistas o republicanos, conservadores o liberales.

Si bien eran pocos los habitantes de México que sabían leer en el siglo XIX, lo cierto es que lo que se publicaba en periódicos como El Monitor Republicano, La Orquesta o El Imparcial, por mencionar algunos, era comentado en las calles, en los parques o en las cantinas por una gran cantidad de ciudadanos.



LA PRENSA REALISTA DE MIGUEL HIDALGO



Aunque el inicio simbólico de la revuelta de Hidalgo, el Grito de Dolores, tuvo lugar el 16 de septiembre de 1810, las primeras menciones de la sublevación no aparecieron en la prensa novohispana hasta doce días después, el 28 de septiembre. Ese día la Gazeta del Gobierno de México consagraba prácticamente la integridad de su número a combatir la insurrección mediante tres grandes artículos: un bando del Virrey Francisco Javier Venegas, condenando: los inauditos y escandalosos atentados que han cometido y continúan cometiendo el cura de los Dolores Dr. D. Miguel Hidalgo, y los capitanes de los regimientos de Dragones provinciales de la Reina D. Ignacio Allende y D. Juan Aldama…

Una carta del gobernador, Dionisio Cano y Moctezuma y los demás dirigentes de la parcialidad mexicana de San Juan, dirigida al Virrey en el que le expresaban su lealtad y condenaban la sublevación, y otra de Manuel Abad Queipo, obispo de Valladolid de Michoacán, excomulgando a Hidalgo.

De esta forma, este primer tratamiento de la revuelta por la prensa novohispana evidencia el cambio de funciones de ésta, derivado de la nueva situación creada por la sublevación. Así, la supervisión del ambiente social y la concordancia de los diversos segmentos de la sociedad en respuesta a este ambiente son funciones tradicionales de los medios de comunicación según la definición clásica de Harold Lasswell, pero en una situación bélica se convierten en prioritarias y la prensa abandona de esta forma su tradicional función informativa para pasar a contribuir al sostenimiento de la moral de la población combatiente y no combatiente, esencialmente mediante la propaganda.

En el caso de los periódicos novohispanos, esta nueva función prioritaria daría lugar a tres grandes tipologías de artículos: los que mostraban la solidaridad de diferentes poblaciones y autoridades con las instituciones virreinales, los que condenaban a Hidalgo y los insurgentes, y los que transmitían instrucciones y consignas a la retaguardia. Así, los primeros tenían por objeto mostrar la superioridad del bando realista a una población temerosa de los avances de los insurgentes y evitar que cayeran en la tentación de unirse a éstos. De esta forma, además de la carta de la parcialidad de San Juan que ya hemos visto, en las semanas sucesivas la Gazeta transcribirá las misivas del Ayuntamiento de Tlaxcala, del de Veracruz, o del de Huejotzingo

En todas ellas se condenaba radicalmente la sublevación y se felicitaba a Venegas por las medidas que estaba aplicando para combatirla, llegándose en el caso de una carta del ayuntamiento de Querétaro a solicitarse al Virrey que: se le indemnice de la infamia que irroga a este leal vecindario pagada con falsedad, de que de él tuvo principio la insurrección promovida por el cura D. Miguel Hidalgo, y los capitanes de milicias D. Ignacio Allende, y D. Juan Aldama … A lo que Venegas respondería favorablemente. Este tipo de artículos, muy frecuentes en el mes de octubre de 1810, se reducirían a partir de noviembre hasta desaparecer completamente en la prensa novohispana, tan sólo reaparecerían tras las reconquistas de Valladolid y Guadalajara bajo la forma de renovadas muestras de lealtad de las instituciones locales. Otra gran tipología de artículos concierne a aquellos destinados a criticar a Hidalgo y su sublevación. Dado el carácter marcadamente religioso de ambos, destacaron por su número e importancia las condenas de las diferentes autoridades eclesiásticas. Así, a la excomunión del obispo de Valladolid, que figuraba ya en el número del 28 de septiembre, le siguió una segunda condena del mismo prelado el 16 de octubre, quien consideraba el proyecto de Hidalgo no sólo opuesto a la “ley natural, a las ley Santa de Dios y a las leyes del reino”, sino “manifiesta y notoriamente herético”


LA PRENSA REALISTA


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